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Los perros son una llave para cambiar el mundo.

A mí los perros me salvaron la vida”, afirma la hermana Pauline Quinn, sentada a la sombra de un árbol en un hotel boutique de Palermo junto a su inseparable dóberman...

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...Rennie, que la observa pasiva y sigue al pie de la letra cada uno de sus gestos y órdenes.

De estricto hábito, con una sonrisa enorme y la carcajada fácil, la religiosa llegó a Buenos Aires desde Wisconsin para dar a conocer los avances de la implementación en nuestro país de Huellas de Esperanza (Pathways of hope), un programa de reinserción social para presos, creado por ella misma hace treinta años y que desde principios de 2011 empezó a funcionar como prueba piloto en la Colonia Penal Nº19 de Ezeiza. “Estoy muy feliz de poder traer aquí también –ya lo ha llevado a varios países de todo el mundo– este mensaje de amor hacia la humanidad y hacia los perros, para que todos sepan que uno puede salir del peor de los infiernos y que los perros son una llave para cambiar el mundo”.

Es difícil siquiera imaginar la historia que hay detrás de los 69 años de Pauline, pero basta escucharla para entender por qué Hollywood puso sus ojos en ella para convertirla en protagonista de una película (Within these walls, que en español se conoció como Alas de Libertad). Nacida en California, tenía apenas 12 años cuando se fugó de su casa, un hogar violento en el que sufrió todo tipo de maltratos.

“Era la década del ‘50 y los chicos no teníamos ninguna clase de derechos. Menos aún los que no habíamos tenido la suerte de nacer en una familia con amor. Así que, cansada de la violencia, me escapé. Pero la calle no me dio algo mejor: fui a parar a institutos donde soporté todo tipo de abusos: sexuales, físicos y psicológicos. Hasta que también huí de ahí y me fui a vivir sola a la calle”, resume.

Sola y en la calle, la vida no fue mucho mejor para Pauline, quien llegó a perder el habla y a autoflagelarse. “Me sentía culpable por mi realidad. Sentía que yo era un porquería y que por eso nadie me quería”, recuerda. Inmersa en esa situación, fue que quedó embarazada y decidió dar a su hija en adopción. “Mi hija fue producto de una violación.

Pero no fue sólo eso, sino que además yo en ese momento no estaba en condiciones de cuidarla ni protegerla. Porque ni siquiera podía hacerlo conmigo. No tenía las habilidades, ni las condiciones materiales para darle una vida. No sabía si yo misma iba a sobrevivir y realmente no quise que su vida corriera riesgos”, explica casi 49 años después, edad que hoy tiene su hija, a la que no ve desde hace décadas porque, se lamenta, “ella nunca comprendió el abandono”.

¿Cómo saliste de aquella situación? Mi vida empezó a cambiar el día en que Joni, un ovejero alemán, llegó a mi vida. Me lo dio una asistente social que conocí cuando aún vivía en la calle. Porque yo tenía miedo de todo y de todos y no podía relacionarme con nadie. Sin saber nada, lo adiestré para que me defendiera y desde ese día mi vida fue diferente. Joni me devolvió la autoestima y, sobre todo, la capacidad de sentir amor. Porque los perros brindan un amor incondicional, y eso era algo que yo nunca había sentido antes. Llegué a tener tres ovejeros mientras vivía en la calle y nunca me sentí tan segura como entonces.

¿Por qué decidiste tomar los hábitos? A lo largo de los años de sufrimiento nunca dejé de creer en Dios. Era lo único a lo que podía aferrarme. Y en los peores momentos, sobre todo en las instituciones en las que todo era tan espantoso, le prometí: “Si me ayudas a cambiar mi vida, voy a salir y me voy a dedicar a ayudar a la gente”. Y entonces, a los 25 años me convertí en monja para ayudar a otras personas que merecen también una oportunidad, como yo la tuve.

Por eso elegí hacerlo en las cárceles, porque es absolutamente increíble y maravilloso cómo un perro puede cambiarle la cotidianidad a una persona que ha cometido un delito y está encerrada. No sólo porque esto puede darle la oportunidad de aprender un oficio que le servirá para reinsertarse socialmente al quedar libre, sino además beneficiarse emocionalmente a través de ese vínculo.

A su vez, los perros se adiestran con el fin de que sean útiles a personas discapacitadas. Claro, el objetivo de Huellas de esperanza es también que estos animales, que en su mayor parte son rescatados de la calle y de las redes de refugios, se conviertan en lo que se conoce como perro de asistencia: capaces de guiar a una persona ciega, de prender o apagar una luz, abrir y cerrar un cajón o una puerta, recoger cosas del suelo, etc. Luego de un año de entrenamiento, los perros están listos para ir a una casa o a una institución.

¿Cómo está funcionando la prueba piloto en la Argentina? Muy bien. Se eligieron tres internos con un perfil adecuado para desarrollar esta tarea que requiere de paciencia, tolerancia y persuasión. Y que, además, aman a los animales. Ellos trabajan en conjunto con dos adiestradores egresados de la Universidad de Buenos Aires, un médico veterinario, un asistente social y una psicóloga. Estos tres primeros perros están terminando su entrenamiento, así que en breve podrán brindar su servicio como perros de asistencia.

¿Cuáles son tus expectativas sobre el crecimiento del programa? Tengo muchas expectativas porque he encontrado que en la Argentina la gente es realmente muy solidaria y que es un país que tiene gran amor por los perros. Además, también hay muy buena voluntad por parte del Estado, que es quien implementa el programa a través del Servicio Penitenciario Federal, conjuntamente con el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación y bajo convenio con la Asociación SOS Vida, presidida por el Dr. Juan Enrique Romero.
 
Y un apoyo imprescindible de empresas como Pedigree –a través de su programa Adopción Pedigree–, de cuyos refugios saldrán los perros para continuar con el programa en el Instituto Correccional Abierto de General Pico, La Pampa, el Centro Federal de Detención de Mujeres de Ezeiza y el Complejo Penitenciario Federal II, de Marcos Paz. Además, se evalúa repetir el programa en centros de rehabilitación para adictos y en geriátricos. También la Fundación Camila Dragone –dedicada a la educación y el tratamiento de niños y jóvenes con trastornos neurológicos–, los entrenadores y los propios presos, que ven una oportunidad en esto y quieren aprovecharla. Todo eso me hace pensar que esta prueba piloto podrá multiplicarse en el futuro y así conseguiremos que muchas personas cambien su vida para bien, como lo conseguí yo.


Fuente:
www.contexto.com.ar

Imagen:
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