Los perros son una llave para cambiar el mundo.A mí los perros me salvaron la vida”, afirma la hermana Pauline Quinn, sentada a la sombra de un árbol en un hotel boutique de Palermo junto a su inseparable dóberman...
...Rennie, que la observa pasiva y sigue al pie de la letra cada uno de sus gestos y órdenes. Es difícil siquiera imaginar la historia que hay detrás de los 69 años de Pauline, pero basta escucharla para entender por qué Hollywood puso sus ojos en ella para convertirla en protagonista de una película (Within these walls, que en español se conoció como Alas de Libertad). Nacida en California, tenía apenas 12 años cuando se fugó de su casa, un hogar violento en el que sufrió todo tipo de maltratos. ¿Cómo saliste de aquella situación? Mi vida empezó a cambiar el día en que Joni, un ovejero alemán, llegó a mi vida. Me lo dio una asistente social que conocí cuando aún vivía en la calle. Porque yo tenía miedo de todo y de todos y no podía relacionarme con nadie. Sin saber nada, lo adiestré para que me defendiera y desde ese día mi vida fue diferente. Joni me devolvió la autoestima y, sobre todo, la capacidad de sentir amor. Porque los perros brindan un amor incondicional, y eso era algo que yo nunca había sentido antes. Llegué a tener tres ovejeros mientras vivía en la calle y nunca me sentí tan segura como entonces. ¿Por qué decidiste tomar los hábitos? A lo largo de los años de sufrimiento nunca dejé de creer en Dios. Era lo único a lo que podía aferrarme. Y en los peores momentos, sobre todo en las instituciones en las que todo era tan espantoso, le prometí: “Si me ayudas a cambiar mi vida, voy a salir y me voy a dedicar a ayudar a la gente”. Y entonces, a los 25 años me convertí en monja para ayudar a otras personas que merecen también una oportunidad, como yo la tuve. A su vez, los perros se adiestran con el fin de que sean útiles a personas discapacitadas. Claro, el objetivo de Huellas de esperanza es también que estos animales, que en su mayor parte son rescatados de la calle y de las redes de refugios, se conviertan en lo que se conoce como perro de asistencia: capaces de guiar a una persona ciega, de prender o apagar una luz, abrir y cerrar un cajón o una puerta, recoger cosas del suelo, etc. Luego de un año de entrenamiento, los perros están listos para ir a una casa o a una institución. ¿Cómo está funcionando la prueba piloto en la Argentina? Muy bien. Se eligieron tres internos con un perfil adecuado para desarrollar esta tarea que requiere de paciencia, tolerancia y persuasión. Y que, además, aman a los animales. Ellos trabajan en conjunto con dos adiestradores egresados de la Universidad de Buenos Aires, un médico veterinario, un asistente social y una psicóloga. Estos tres primeros perros están terminando su entrenamiento, así que en breve podrán brindar su servicio como perros de asistencia. ¿Cuáles son tus expectativas sobre el crecimiento del programa? Tengo muchas expectativas porque he encontrado que en la Argentina la gente es realmente muy solidaria y que es un país que tiene gran amor por los perros. Además, también hay muy buena voluntad por parte del Estado, que es quien implementa el programa a través del Servicio Penitenciario Federal, conjuntamente con el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación y bajo convenio con la Asociación SOS Vida, presidida por el Dr. Juan Enrique Romero.
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